La Perseverancia es como un fuego que purifica un metal precioso y que solidifica un jarro valioso.  Limpia, purifica y fortifica nuestra fe.

 
 
 
  
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El Secreto del Espíritu Santo

ESPÍRITU SANTO

El Espíritu Santo es nada menos que el Espíritu de Dios; es decir, el Espíritu de Jesús y el Espíritu del Padre. El es la presencia de Dios en medio de nosotros los hombres: “Mirad que estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 20).

El Espíritu Santo nos asiste a cada uno de nosotros en nuestro peregrinar a la meta a que hemos sido llamados: el Cielo prometido a aquéllos que cumplan la Voluntad de Dios. Al Espíritu Santo se le atribuyen muchas funciones para con nosotros los seres humanos, siendo tal vez la principal, la de nuestra santificación. Es el quien, con sus suaves inspiraciones, nos va sugiriendo cómo transitar por el camino de la santidad.

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VIRTUDES TEOLOGALES y VIRTUDES MORALES:

Es un hábito que perfecciona las potencias del alma (inteligencia, voluntad y memoria) para hacer lo que es bueno.

Las Teologales tiene a Dios como objeto: Fe, Esperanza y Caridad.

Las morales tienen como objeto algo creado por Dios (el prójimo, por ejemplo). Son, por ejemplo, la prudencia, justicia, fortaleza, templanza. La humildad es la base de todas las demás virtudes.

 


ES COMO UNA SUAVE BRISA QUE SOPLA

Se ha comparado el Espíritu Santo con el viento. Él es como una suave brisa que sopla donde quiere (Jn. 3, 8). Si el Espíritu Santo es la brisa, nosotros debemos ser como las velas de una barca, siempre en posición de ser movidos por esa brisa; es decir, debemos ser perceptivos a las del Espíritu Santo y dóciles a éstas, para poder navegar por esta vida guiados por Él hacia nuestra meta definitiva.

El Espíritu Santo es el Espíritu de la Verdad. Así nos dijo Jesucristo: “Tengo muchas cosas más que decirles, pero ustedes no pueden entenderlas ahora. Pero cuando venga Él, el Espíritu de la Verdad, Él los llevará a la verdad plena ... Él les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho” (Jn. 16, 12 y 14, 26). Es el Espíritu Santo quien nos lleva a conocer y a vivir todo lo que Cristo nos ha dicho; es decir, nos lleva a conocer y a aceptar el Mensaje de Cristo en su totalidad: nos lleva a la Verdad plena.

Veamos qué sucedió con esa primera venida del Espíritu Santo. Antes de Pentecostés vemos a los Apóstoles temerosos y tímidos, torpes para comprender las Escrituras y las enseñanzas de Jesús. Pero luego de recibir el Espíritu Santo en Pentecostés, cambiaron totalmente: se lanzaron a predicar sin ningún temor y llenos de sabiduría divina, se les soltaron las lenguas con un nuevo poder de lenguaje dado por el Espíritu Santo, llamando a todos a la conversión, bautizando a los que acogían el mensaje de Jesucristo Salvador. Forman discípulos y comunidades, asisten a los necesitados ... sufren persecuciones, llegando hasta el martirio.

¿Cómo pudo suceder toda esta trasformación? El protagonista de ese cambio tan radical fue el Espíritu Santo. Pero no podemos dejar de observar cuál era la actividad principal de los Apóstoles antes de Pentecostés: “Todos ellos perseveraban en la oración con un mismo espíritu ... en compañía de María, la Madre de Jesús ... Acudían diariamente al Templo con mucho entusiasmo” (Hech. 1, 12-14 y 2, 46).

El secreto del Espíritu Santo, el secreto de la acción del Espíritu Santo en nosotros y a través de nosotros está en la oración: oración perseverante, frecuente, con entusiasmo, con la Santísima Virgen María. ¡Ven, Espíritu Santo!

 


SIETE DONES DEL ESPIRITU SANTO:

Son principios sobrenaturales que nos capacitan para recibir los auxilios del Espíritu Santo y para percibir sus inspiraciones e impulsos y para actuar de acuerdo a ellos.

Son: Temor de Dios, Fortaleza, Piedad, Consejo, Ciencia, Entendimiento, Sabiduría.

FRUTOS DEL ESPIRITU SANTO:

Listados por San Pablo en Gal. 5, 22: amor, gozo y paz; paciencia, comprensión de los demás, bondad y fidelidad; mansedumbre y dominio de sí.

 


GRACIA SANTIFICANTE

Es una cualidad sobrenatural, que Dios nos regala, sin la cual no podemos ser santificados; por lo tanto, requerida para nuestra salvación.
Por medio de la Gracia Santificante, somos justificados (hechos “justos”, hechos santos). Es la vida de Dios en nosotros (cfr. . Jn. 14, 23).

La Gracia Santificante se pierde por el pecado mortal y se va aumentando por medios de la recepción de los Sacramentos y mediante las buenas obras realizadas por nosotros, siempre que las hagamos con pureza de corazón, sin dobleces ni intenciones pecaminosas. (Por ejemplo: hacer apostolado por deseo de poder y figuración; hacer una “caridad” para obtener un favor posterior, etc.).

GRACIAS ACTUALES:

Es un don sobrenatural que Dios nos regala y que actúa sobre nuestro intelecto y nuestra voluntad para hacer lo que es bueno a lo largo de nuestra vida. Es la gracia que nos es dada para cada acto de nuestra vida. Es una moción interior del Espíritu Santo que nos hace desear hacer el bien y a la vez es un impulso que nos lleva a realizarlo. Aprovechando las gracias actuales, se aumenta la Gracia Santificante.

GRACIAS DE ESTADO:

Son las gracias que Dios nos regala para ejercer las funciones a las que nos ha llamado. A los Obispos, para ejercer el Episcopado; a los Sacerdotes, para su sacerdocio; a los esposos y padres de familia para cumplir su compromiso matrimonial y la educación de los hijos; a los Jefes de países, para la búsqueda del bien común de los habitantes del país; a los apóstoles seglares, para ejercer el servicio al cual han sido llamados, etc.

 

 


REGALOS DEL ESPÍRITU SANTO

Muchos son los “Regalos” que el Espíritu Santo va derramando sobre la Iglesia a lo largo de la historia y sobre cada uno de nosotros en particular durante nuestra vida aquí en la tierra. “Regalo”, según el Diccionario, es “cosa que se da gratuitamente en obsequio”. Y es que así actúa el Espíritu Santo en nosotros: obsequiándonos cosas gratuitas, es decir, que no hemos merecido.

¿Y cuáles son esos “Regalos”?

Son muchísimos, muchísimos, muchísimos. Unos los conocemos, otros no los conocemos, y otros, ni siquiera podemos llegar a imaginarlos, y necesitaremos toda la eternidad de nuestra otra vida, futura e inmortal, para poder agradecerlos a Dios nuestro Señor. Esos “Regalos” han sido clasificados por Teólogos y Exégetas en varios renglones: la Gracia Santificante y las gracias actuales, las virtudes teologales y las virtudes morales, los llamados Siete Dones del Espíritu Santo, los Frutos y las Bienaventuranzas, y, además, los Carismas.

Así como cada uno de nosotros los seres humanos poseemos un organismo creado por Dios para el funcionamiento de nuestra vida física, los “Regalos” del Espíritu Santo constituyen todo un organismo para el funcionamiento de nuestra vida espiritual: la Gracia Santificante es el fundamento básico de esa vida sobrenatural. Los Dones y la Virtudes son ayudas que nos capacitan para percibir las gracias, los impulsos y las inspiraciones del Espíritu Santo y para poder responder dócilmente a ellos.

La clasificación y el funcionamiento de este organismo espiritual constituido por los “Regalos” del Espíritu Santo que hemos enunciado brevísimamente, es complicado y hasta ha sido motivo de diferencias entre los estudiosos. Sin embargo, lo importante es conocer el para qué nos son dados estos “Regalos” y aprovecharlos bien.

Siendo el Espíritu Santo Quien obra la santificación en la Iglesia y en cada uno de nosotros (cfr.A.A.3), estos “Regalos” nos son dados para nuestra santificación, para ayudarnos en nuestro camino al Cielo, la meta hacia la cual vamos guiados y ayudados por el Espíritu Santo (cfr. Fil.3,12-14).

Al ser perceptivos y dóciles a estos “Regalos” del Espíritu Santo, podremos ir creciendo en santidad, podremos ir creciendo en los Frutos del Espíritu, que son otros de estos tantos “Regalos”. San Pablo lista algunos de ellos en su Carta a los Gálatas (5,22): amor, gozo y paz; paciencia, comprensión de los demás, bondad y fidelidad; mansedumbre y dominio de sí. Más avanzadas que los Frutos del Espíritu están las llamadas Bienaventuranzas que el mismo Jesucristo nos dio en Su Evangelio (Mt.5,3-10).

La oración es medio necesarísimo para ir creciendo en frutos de santidad, pues en la oración -especialmente en la oración de silencio- el Espíritu Santo nos va haciendo perceptivos y dóciles a Sus inspiraciones.

Por último están los Carismas -los institucionales (LG 2,12) y los extraordinarios- que son “Regalos” de servicio dado a algunos para su ejercicio en bien de la humanidad, para despertar la fe entre los hombres y para la edificación y el funcionamiento de la Iglesia (AA 1-3).

Dones, Carismas, Frutos, etc. son “Regalos” del Espíritu Santo que, aprovechados, nos acercan cada vez más a nuestra patria definitiva que es el Cielo.

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¡Saludos en el Nombre de Jesús!

La Paz de Jesús sea con usted!  Esperamos en el Señor que este tema haya sido de provecho para el crecimiento de su vida espiritual y personal.

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